miércoles, 30 de marzo de 2016

STONER: UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO



          


      
         John Williams quiso incluir como epígrafe de esta novela una frase de Ortega y Gasset: "Un héroe es alguien que quiere ser él mismo". La cita no podía ser más acertada, pues resume, sin lugar a dudas, el sentido de la historia que se cuenta. Una pena que al final ésta fuera finalmente descartada. Claro que me imagino que en el año 1965, cuando se publicó el libro, el ciudadano medio norteamericano sabría tanto del filósofo español como ahora, cuando un constructor de muros, un tal Donald Trump aspira a dirigir el país con ladrillos de odio.
          Pero en 1965, Estados Unidos vivía en medio de una agitación social y política:  Malcolm X recibía un disparo en el pecho; Martin Luther King lideraba la marcha por los derechos civiles desde Selma (Alabama); y las primeras tropas estadounidenses desembarcaban en Vietnam, lo que generó una marea de protestas en Norteamérica. Por otro lado, la literatura gozaba de una salud provocadora: Saul Bellow saboreaba las mieles del éxito de "Herzog" que permaneció cuarenta y cinco semanas en la lista de libros más vendidos del New York Times ; El vocinglero Norman Mailer hacía lo propio con "Un sueño americano", y Truman Capote cubría para The New Yorker los asesinatos de los Clutter, la familia de granjeros de un pueblecito de  Kansas, inmortalizada en su obra posterior "A sangre fría".
          No es de extrañar que en medio de tal panorama, un desconocido profesor de literatura inglesa de la Universidad de Missouri, John Williams (1923. Clarksville, Texas-1994 Fayetteville, Arkansas), le resultara difícil dar con un editor interesado en una novela como "Stoner", protagonizada por un docente universitario de una mediocre universidad del Medio Oeste. La falta de interés por el libro (rechazado en siete ocasiones) provocó que Williams tuviera ganas de arrojar la toalla. "Lo cierto es que no tengo por qué escribir novelas", llegó a comentarle a Nancy, su mujer. 

   
John Williams. Fuente: Univ. Denver
 
Cuando por fin consiguió su propósito, y alguien le comentaba que era extraordinaria, Williams, hombre de una modestia honesta siempre comentaba: "Sí, yo también lo pienso", y pasaba con rapidez a otro asunto. Y es que a John Edward Williams (nunca utilizó su segundo nombre) no le gustaba hablar de sus libros y menos, de su vida privada. Sus amigos apenas le oyeron una palabra ni de su experiencia en Asia como sargento en la II Guerra Mundial, ni de sus cuatro matrimonios.  Sus colegas le recuerdan siempre parapetado tras un whisky en un mano y un cigarrillo en la otra. Estos le fueron matando despacio, obligándole durante los últimos años de universidad a cargar una bombona de oxígeno con la que acudía a sus clases. Pese a todo, Williams no era de los que sintiera lástima de sí mismo.

          "Stoner" pasó sin pena ni gloria por las librerías. Se vendieron 200.000 ejemplares y solo fue mencionada en The New Yorker. La obra desapareció pronto de los estantes y acabó en el almacén de los libros olvidados. Pese a la escasa repercusión de esta obra, como de sus otros libros, Williams continuó escribiendo. En 1973, le fue concedido el National Book Award por "Augustus", premio que compartió ex aequo con otro de los grandes, John Barth, por su novela "Quimera".

Una de las cubiertas de la novela editada por Baile del Sol
  
          Ahora, casi cincuenta años después de su nacimiento, "Stoner" disfruta de una segunda vida muy distinta. La complicidad espontánea entre escritores, críticos y lectores, tratando de difundir esta obra una de las mejores de la literatura norteamericana del siglo XX, ha conseguido que se haya traducido en al menos 21 países. El efecto "Stoner" comenzó en Francia en 2011, después fue Holanda, donde se convirtió en el libro más leído de 2013, le siguieron Alemania, Israel e Italia. En nuestro país, gracias a Baile del Sol, la editorial canaria dirigida por Tito Expósito, los lectores podemos disfrutar de esta novela genial, traducida por Antonio Díez Fernández, y que ya va por la edición 50.

Fuente: Universidad de Arkansas.

 "Don Quijote del Medio Oeste sin su Sancho"

          Tal y como he oído decir a varias personas, la novela narra la historia de un hijo de agricultores que llega a la universidad para estudiar Agricultura y acaba convirtiéndose en un profesor de literatura sin ambición, al que no le sucede nada excepcional. Es precisamente esta vida anodina donde radica el valor de la obra. Para un escritor no hay mayor desafío que construir una trama entorno a un personaje transparente; esa clase de personas que, tanto en la ficción como en la realidad, son carne de olvido, tal y como presenta el autor a William Stoner desde la primera página:
          " Unos pocos estudiantes le recordaban vagamente después de haber ido a sus clases… Los colegas de Stoner, que no le tenían particular estima cuando estaba vivo, ahora raramente hablan de él; para los más viejos es un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes es meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna identidad con la que ellos pudieran asociarse ni a sí mismo ni a sus carreras."
          
             John Williams consiguió escribir una gran obra en la que subyace un trabajo de observación y profundización admirables sobre la naturaleza del hombre corriente que, por un lado, se ve arrollado por unas circunstancias desafortunadas que no puede o no sabe manejar; y por otro, embargado por un amor incondicional por "la Verdad, El Bien, la Belleza" nacidos en los libros. Su refugio último: la literatura fue el asidero que nunca le ha fallado. Y ese bautismo de conversión se produjo al escuchar: "Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte/amar bien aquello que debes abandonar pronto."  El soneto 73 de Shakespeare tiene el efecto de una bofetada para nuestro protagonista. El profesor Sloane, un hombre duro, descreído y mordaz con sus alumnos, con el mundo en general, se convierte en el padre que le descubrirá la belleza de las palabras.        
          El valor de esta novela se encuentra también en la precisión de la palabra justa y precisa -algo que obsesionaba a un escritor al que no le preocupaba ser prolífico-, pero también en el poder evocador de los silencios; aquello que sus personajes callan.  Las consecuencias de las guerras, el desamor, la infidelidad, la ambición, la competencia y las envidias profesionales, la institución universitaria o la amistad, temas que no conocen las fronteras del tiempo,  conforman la biografía de William Stoner.  
          Al final, cuando el protagonista es consciente de que su vida está por concluir, se somete a esa especie de interrogatorio espiritual, brutal y sincero, donde se plantea si le ha merecido o no la pena vivir, el lector se verá abocado a hacerse la misma pregunta: "¿Qué esperabas?"
           Stoner, un "Quijote del Medio Oeste sin su Sancho", como así le describe uno de sus mejores amigos, llegará a una conclusión sorprendente, muy al hilo del soneto de Shakespeare o el pensamiento orteguiano, y que por supuesto, no voy a desvelar. "¿Qué esperabas?"



Bibliografía del autor
"Nothing but the Night" (1948)
"Butcher's Crossing" (1960)
"Stoner" (1965). Único libro editado al español y al catalán.
"Augustus" (1972)
"The Sleep of Reason" (inacabada).




lunes, 7 de marzo de 2016

EL ARTE DE PERDER

            
F. Scott Fiztzgerald y su esposa Zelda Sayre




         El arte de perder se domina fácilmente/tantas cosas parecen decididas a extraviarse/que su pérdida no es ningún desastre. Así hablaba de la derrota personal la estadounidense Elizabeth Bishop en uno de sus desgarradores poemas. Perder es un arte y Scott Fitzgerald (1896, St. Paul, Minnesota)  aprendió a extraviarse hasta el final de sus días.  
                  A sus veinticuatro años, su primera novela: A este lado del paraíso, le convirtió de la noche a la mañana en un escritor rico y famoso. Nueva York, París, Roma eran una fiesta continuada para él y su esposa Zelda. Vivieron demasiado aprisa, consumieron rápido las ilusiones. Y aunque en su literatura flotaba la risa de una juventud segura de sí misma, el paraíso para el escritor fue un espejismo pasajero. Tal y como le sucediera a Gatsby, la felicidad se rompió añicos. …Porque he hablado demasiado sin vivir lo bastante por dentro como para desarrollar la necesaria confianza en mí mismo, escribió a Maxwell Perkins, su editor y amigo incondicional.
            Fitzgerald perdería el amor de su esposa, internada una y otra vez en clínicas de reposo. Solo te pido lo siguiente: déjame que me las arregle con mis hemorragias y mis esperanzas…;  perdió la confianza de su representante, pues aunque el escritor se resistía a aceptarlo, su alcoholismo le pasó factura en su profesión y algunos de sus amigos más queridos no supieron o no quisieron ayudarle, muchos simplemente le ningunearon. Fue el caso de Hemingway, a quien conoció en París, que después de que éste consiguiera gracias a la mediación de Scott (siempre muy generoso con aquellos escritores que consideraba valiosos) ser publicado y reconocido en el mundo literario estadounidense, en cuanto tuvo ocasión despreció a su amigo de correrías etílicas. Te ruego que no te metas conmigo en letra de molde. Aunque a veces elijo escribir de profundis, eso no significa que quiera que mis amigos recen en voz alta inclinados sobre mi cadáver.
            Scott Fitzgerald asfixiado por las facturas, con una esposa enferma, y una hija a la que adoraba y tenía que sacar adelante, sobrevivía de los cuentos que publicaba (pese a que nunca los consideró literatura seria). En 1937 firma un contrato de seis meses como guionista de Hollywood donde no le fue demasiado bien.
           
F. Scott Fitzgerald, 1921.
       El alcoholismo y su difícil situación económica contribuyeron, como digo, a su caída libre, tal y como leemos en estas cartas (algunas de ellas estaban aún inéditas en castellano) y que publica la editorial Círculo de Tiza, se leen como un espejo de lo que le tocó vivir. Al principio el horizonte se vislumbraba brillante, ambicioso y prometedor, pero a medida que la vida comienza a ser en serio, las sombras se vuelven llamadas de auxilio. 

         Leer la correspondencia de alguien es como sostener el corazón del que escribe entre las manos. Son líneas de verdad, confesiones como puñetazos al alma. En El arte de perder nos sentimos cómplices de la dureza de una vida a la que Fitzgerald intentó hacer frente sin desfallecer, buscando asideros y soluciones. Francis Scott Fitzgerald escribió a pesar de todo, luchó en todo momento, y amó hasta que su corazón no pudo más, un 21 de diciembre de 1940, a la edad de 44 años.
        En su lápida hay grabada una frase de su mejor novela: “Y así seguimos empujando, botes que reman contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado”.







EL ARTE DE PERDER. Una vida en cartas.
F. Scott Fitzgerald
Ed.: Círculo de Tiza, 2016
Coordinación y cuidado de la edición: Giselle Etcheverry
Selección de cartas : Yolanda Delgado
Traducción  e Introducción: Martín Schifino
Epílogo: Alejandro Gándara.